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Publicado por:
E. J. Waggoner

Extracto del libro: “Cristo y su Justicia” (1890)

INTRODUCCIÓN

En el primer versículo del tercer capítulo de Hebreos leemos una exhortación que comprende todo mandato dado al cristiano. Es ésta: “Por lo tanto, hermanos santos, participantes del llamado celestial, considerad al Apóstol y Sumo Sacerdote de la fe que profesamos, a Jesús.” Hacer esto tal como indica la Biblia, considerar a Cristo continua e inteligentemente tal como él es, lo transformará a uno en un Cristiano perfecto, puesto que “contemplando somos transformados”.

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El relato inspirado nos asegura que en casi todas las epístolas de Pablo hay “algunas [cosas] difíciles de entender” (2 Ped. 3:16). Tal es quizá el caso con la epístola a los Romanos, en mayor medida que con cualquier otra. Pero su comprensión no es algo imposible, excepto para “los indoctos e inconstantes”.

Observa que son solamente los que tuercen “también las otras Escrituras” para su propia perdición, los que malinterpretan la enseñanza de Pablo. Los que tienen el deseo de comprender, y que leen las sencillas promesas de la Biblia con provecho, no se encontrarán entre ellos.

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“En su gran misericordia el Señor envió un preciosísimo mensaje a su pueblo por medio de los pastores Waggoner y Jones. Este mensaje tenía que presentar en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador, el sacrificio por los pecados del mundo entero. Presentaba la justificación por la fe en el Garante; invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo, que se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios. Muchos habían perdido de vista a Jesús.

Necesitaban dirigir sus ojos a su divina persona, a sus méritos, a su amor inalterable por la familia humana. Todo el poder es colocado en sus manos, y él puede dispensar ricos dones a los hombres, impartiendo el inapreciable don de su propia justicia al desvalido agente humano. Este es el mensaje que Dios ordenó que fuera dado al mundo. Es el mensaje del tercer ángel, que ha de ser proclamado en alta voz y acompañado por el abundante derramamiento de su Espíritu.” (Testimonios para los Ministros, p.91)

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