“Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo? Respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe.”(Mateo 24:3-4)

El terror y desconcierto se apodero de los seguidores más próximos al Salvador del mundo. No podían entender tamaña profecía: piedra sobre piedra del lugar donde creían morada del Dios Altísimo, sería derribada, hasta no quedar ninguna en pie. No comprendían aún que la iglesia remanente de su tiempo rechazaría a Jesús, y que a su vez sería rechazada como pueblo escogido de Dios. La destrucción de la iglesia escogida por Dios, la que nunca iba a caer, no estaba en los planes de sus discípulos. Un evento tal implicaba sin lugar a dudas el regreso del Mesías y el fin del mundo. No podía suceder de otra manera.

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“La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben acontecer pronto; y la declaró, enviándola por su ángel a Juan su siervo, el cual ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que él vio.  Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca.” (Apocalipsis 1:1-3)

¿Cuán pronto es pronto? ¿Cuán cerca, es cerca? ¿Cuán breve, es breve? De seguro, ha sido la pregunta que Juan se realizó más de una vez, al igual que muchos estudiosos de la profecía bíblica. Sobre el Apocalipsis han surgido muchas interpretaciones, todas ellas procurando aclarar un asunto que el Señor nos ha dejado claramente revelado.

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