Son vírgenes, pues siguen al Cordero

“Éstos son los que no fueron contaminados con mujeres; porque son vírgenes. Éstos son los que siguen al Cordero por dondequiera que Él va. Éstos fueron redimidos de entre los hombres por primicias para Dios y para el Cordero.” (Apocalipsis 14:4)

Dice la Escritura, que en los últimos días el Señor levantaría un pueblo que seguiría al Cordero de Dios por doquiera que vaya. Para quienes tomen el valor de seguirle, nuestro Salvador ha declarado mientras estaba en esta tierra, una de las más grandes profecías sobre el tiempo del fin.
Abandonando por última vez el templo de Jerusalén, el cual no había recibido menor privilegio que ser iluminado con la presencia de Aquél que era la luz del mundo, recibe de quienes fueron sus alumnos durante tres años y medio, palabras mezcladas de alegría y orgullo hacia la ciudad que horas atrás, había recibido su condenación.

Todavía se pueden escuchar sus voces: “Señor, pero mira que hermosa estructura, que bello es nuestro templo!” “Señor, Señor, observa las instituciones, la excelencia de nuestros centros de salud y educación, como son reconocidas por Roma y el mundo entero” “Señor, Señor, hacen una gran obra, tu deberías observarla”.

“Y Jesús les dijo: ‘¿No veis todo esto? De cierto os digo: No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada.’” (Mateo 24:2) Como un balde de agua fría, el mensaje de Cristo caló hondo en lo más profundo de su corazón. Uno de sus discípulos escribiría más tarde, inspirado por el espíritu de Cristo, que al Señor no le interesan “piedras muertas”

“Vosotros también, como piedras vivas, sois edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo.” (1º Pedro 2:5)

Hay una gran preocupación entre aquellos que se acercan a Cristo, una preocupación que se traduce en DONDE debemos adorarle, convirtiendose este pensamiento en un tema de disputa entre sus seguidores. “Mi religión es la verdadera, realizamos actividad misionera toda la semana, damos de comer a los pobres, tenemos grandes instituciones de salud, educación, caridad, etc., etc., etc.”

Sin embargo, solemos olvidar que una de las primeras profecías de Jesús responde a esta gran inquietud. Cuando una humilde y controvertida samaritana, a la hora del mediodía fue a buscar agua para ese día, no tuvo en cuenta que se encontraría con Aquél que, al principar su ministerio, le ofrecería el más caro y precioso don: agua de vida eterna.

La historia es conocida, pero lo importante no empieza aquí. Nada empieza en un simple pedido y ofrecimiento de agua. Y esto tiene una explicación bíblica: en la medida que reconozcamos la naturaleza, el carácter del que nos trae buenas nuevas, en la misma medida será nuestra recompensa. Esto es una ley bíblica.

“El que recibe a un profeta en nombre de profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo en nombre de justo, recompensa de justo recibirá. Y cualquiera que diere a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, en nombre de discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.” (Mateo 10:41-42)

Hay tres clases de recibimientos y recompensas. No es lo mismo dar un vaso de agua fría, que reconocerle como profeta. Y si bien, la recompensa del agua de vida eterna es grande, el Señor conociendo el corazón de la mujer, le ofrece una revelación que solo ella conocía de su vida.

La mujer le dijo: “Señor, me parece que tú eres profeta.” (Juan 4:19)

Cristo ya no era solo un judío desconocido. Ahora era un profeta. Y según esta ley, recompensa de profeta tendrá. Lo que sigue a continuación, es la primer profecía del libro de Juan, una profecía escondida, pero revelada a sus siervos, a todos aquellos que lo reconocen como profeta.

La mujer, afirmando, le pregunta: “Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.” (Juan 4:20)

Jesús le dijo: “Mujer, créeme que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; pues también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren.” (Juan 4:21-24)

El gran principio que, en profecía, nuestro Salvador le recompensa a la mujer samaritana, se encuentra en este simple pensamiento: “No importa DONDE querida samaritana, lo que realmente le importa a Dios, al Padre, es COMO le adoras.” En espíritu y en verdad. No solo espiritualmente, sino también en verdad.

Esta gran verdad nos llega a quienes han alcanzado los fines de los siglos. “La hora viene, y ahora es”. Los verdaderos adoradores, los que se encuentran con el Cordero en el monte Sión, no están contaminados con mujeres, son vírgenes. Una mujer en la Biblia, es una Iglesia. Estos adoradores no están contaminados con “iglesias”, no adoran templos, montes, lugares, sitios sagrados. “Éstos son los que siguen al Cordero por dondequiera que Él va.”

Solamente aquellos que sigan al Cordero de Dios por donde quiera que va, estarán entre los verdaderos adoradores, los que no les interesa el DONDE, sino el COMO.

“En espíritu y en verdad.”

Piénsalo, y que Dios sea contigo

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