No son engañados, estudian por sí mismos

“Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo? Respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe.”(Mateo 24:3-4)

El terror y desconcierto se apodero de los seguidores más próximos al Salvador del mundo. No podían entender tamaña profecía: piedra sobre piedra del lugar donde creían morada del Dios Altísimo, sería derribada, hasta no quedar ninguna en pie. No comprendían aún que la iglesia remanente de su tiempo rechazaría a Jesús, y que a su vez sería rechazada como pueblo escogido de Dios. La destrucción de la iglesia escogida por Dios, la que nunca iba a caer, no estaba en los planes de sus discípulos. Un evento tal implicaba sin lugar a dudas el regreso del Mesías y el fin del mundo. No podía suceder de otra manera.

Ignoraban en aquel momento las palabras que en otro tiempo Jesús les había revelado: tanto al principio de su ministerio en revelación a la mujer samaritana diciendo, “Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. […] Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren”, como en momentos previos a la revelación de Mateo 24, Él dijo, “He aquí vuestra casa os es dejada desierta” (Juan 4:21,23; Mateo 23:38).

El mensaje de Cristo fue claro durante todo su ministerio, pero el corazón humano que no pone sus ojos en Jesús y le permite morar en su corazón, coloca su confianza en el hombre y en las obras de sus manos. Las instituciones, iglesias y corporaciones se vuelven el fundamento de su fe, a tal punto que pasan de largo al Autor y Consumador de la misma. “Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová. […] Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová.” (Jeremías 17:5,7)

El evangelio de Lucas, haciendo mención de la misma profecía, también nos recuerda las palabras de Cristo “El entonces dijo: Mirad que no seáis engañados” (Lucas 21:8). Marcos testifica lo mismo, “Mirad que nadie os engañe”, pero agrega un mención de lo más especial: “Pero mirad por vosotros mismos” (Marcos 13:5,9). ¿Cómo evitaremos caer en el engaño? El Maestro de los maestros nos dice “miren por ustedes mismos”, en otras palabras, “que nadie les diga que creer, que nadie se las cuente”.

El apóstol Pablo nos señala un ejemplo claro al respecto en el libro de los Hechos de los Apóstoles:
“Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Así que creyeron muchos de ellos, y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres.” (Hechos 17:10-12)

Los ciudadanos de Berea fueron distinguidos por Pablo como “más nobles” que los de Tesalónica, porque, en primer lugar, “recibieron la palabra con toda solicitud”. Es decir, no buscaron excusas ni prejuicios respecto a quién la estaba trayendo. La recibieron con los brazos abiertos. Dice la pluma inspirada, “Los que permiten que el prejuicio impida que la mente reciba la verdad, no pueden ser receptáculos de la iluminación divina. Sin embargo, cuando se presenta una interpretación de las Escrituras, muchos preguntan ‘¿es correcta? ¿está en armonía con la Palabra de Dios?’ sino ‘¿quién la sostiene’, y a menos que venga precisamente por el medio que a ellos les agrada, no la aceptan. Tan plenamente satisfechos se sienten con sus propias ideas, que no quieren examinar la evidencia bíblica con el deseo de aprender, sino que rehúsan interesarse, meramente a causa de sus prejuicios.”[i]

En segundo lugar eran más nobles, porque escudriñaban “cada día las Escrituras”. No estudiaban una vez a la semana, los días de reunión, una vez al mes, o al año. Tampoco la leían de corrido, superficialmente. La escudriñaban, es decir, la examinaban, averiguaban cuidadosamente un tema, sus circunstancias, analizando el texto y el contexto.

Esto último lo hacían, dice el apóstol Pablo, “para ver si estas cosas eran así”. Escudriñaban todos los días, sí, pero con un propósito. ¿Está en armonía con la Palabra de Dios? No les interesaba si la defendían tal o cual pastor, cura, rabino; tampoco les interesaba si lo decía tal o cual Iglesia o Institución religiosa. No defendían personas ni sus sistemas creados. Defendían a Dios y su Palabra. Pero aquí está el secreto de su nobleza, y es lo que todos debiéramos preguntarnos a la hora de estudiar la Palabra de Dios: ¿Cómo lo haremos para entenderla? Citando nuevamente a la mensajera del Señor, diremos, “Debemos abordar la investigación de la Palabra de Dios con corazón contrito, espíritu de oración y disposición a ser enseñados. No hemos de pensar, como los judíos, que nuestras propias ideas y opiniones son infalibles; ni, como los papistas, que ciertos individuos son los únicos guardianes de la verdad y el conocimiento, y que los hombres no tienen derecho a investigar las Escrituras por sí mismos, sino que deben aceptar las explicaciones dadas por los padres de la iglesia. No debemos estudiar la Biblia con el propósito de sostener nuestras opiniones preconcebidas, sino con el único objeto de aprender lo que Dios ha dicho.”[ii]

Pablo nos aconseja ‘someter todo a prueba’ (1 Tesalonicenses 5:21); Juan nos dice: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1); y Jesús mismo reprochó a los saduceos ‘que desconocían las Escrituras’ (Marcos 12:24), y enalteció a la iglesia de Éfeso por ‘no poder soportar a los malos, y probar a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son’ (Apocalipsis 2:2)

Hoy día es más necesario que nunca seguir estas indicaciones. Si en los tiempos de los apóstoles había que examinar con cuidado cualquier enseñanza ¡Cuánto más 2000 años después, donde vivimos en medio de una gran maraña de doctrinas en clara contradicción unas con otras!

Por eso, pongamos a prueba cualquier enseñanza. Que la Biblia y sólo la Biblia sea nuestra única autoridad religiosa. Intentemos participar en algún grupo donde sus integrantes compartan el mismo interés.

El principal propósito para leer y entender la Biblia no debe ser otro que conocer a Dios y Sus propósitos y conformar nuestra vida para obedecerle y amarle de acuerdo a Su verdad (Juan 4:23-24)

¿Es este tu propósito? Si es así, si propones en tu corazón ser tan noble como los de Berea, de seguro, no caerás en las trampas del tiempo final, porque Dios estará contigo para revelarte sus designios.

Piénsalo! Y que Dios sea contigo siempre.

 

[i] WHITE, Elena G. (1979), Testimonios para los Ministros, pp.105-106

[ii] Ibid, p.105

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