Profecías

El Secreto para entender la Profecía – Daniel 1

TP - Daniel 1

Publicado por Leandro Pena

Introducción

Sin lugar a dudas, el momento histórico por el que estamos pasando a nivel global es único. Conflictos políticos, crisis económica, debacle financiera, desorden en todos los estamentos sociales, avance desmedido de una ciencia y tecnología que desconoce de las formas de ética y moral a las que el mundo estaba habituado, sumado a una extensa y compleja situación tanto en la salubridad como educación de la población, son moneda corriente. El crecimiento exponencial de estas y otras variables registradas en la realidad, no solo no dejan de sorprendernos sino que adormecen nuestra perceptibilidad de las cosas que suceden a diario. Seguramente la situación en la que estés viviendo no se refleje de la misma manera, pero en mayor o menor medida se percibe un grado de inestabilidad, de inseguridad, sobre todo al futuro. Sí, el futuro es un terreno al que todos desean alcanzar con pronósticos y especulaciones. Un espacio temporal oculto, cubierto por un velo. Hoy por hoy, cualquier información de lo que pueda acontecer mañana mueve millones. Mercados, acciones en la bolsa, alianzas y negocios giran en torno a ese vital conocimiento: el futuro.

Ahora, mezclemos en nuestra imaginación estas dos situaciones: la peor situación que podamos imaginarnos, y la posibilidad de conocer el futuro. En la historia sagrada, recogemos el fruto de nuestra búsqueda: la historia de una de las deportaciones más terribles para el pueblo hebreo, y la clave para obtener un conocimiento que, hoy por hoy, vale millones.

Conocimiento vital

Muchos se preguntarán: ¿y por qué debería leer un libro tan antiguo, un mensaje pasado de moda, cuando -como cristianos- debiéramos prestarle atención a las enseñanzas dadas por Jesús en los evangelios? El propio Cristo nos responde al afirmar que muchas de las predicciones para el tiempo final fueron predichas “por el profeta Daniel” añadiendo la frase “el que lee, entienda” (Mateo 24:15). La frase no es casual: de tantos profetas que podemos mencionar del “antiguo testamento” (una forma equivocada de llamar las Escrituras), nuestro Señor Jesús simplemente destacó a Isaías y Daniel, y de los dos hizo un llamado especial para leer con detenimiento al profeta Daniel.

Dios te invita hoy para que le busques de corazón: “Clama a mí, y te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas, que tú no sabes.” (Jeremías 33:3)

Una historia de obediencia

El libro de Daniel, como ningún otro libro de la Biblia, nos presenta un hombre consagrado a tal punto, que no se registra ninguna acción de su parte o de sus compañeros hebreos que lo descalifique como seguidor de Cristo. Lo interesante del relato es poder observar cómo las decisiones que tomemos individualmente, como iglesia, como pueblo y nación pueden colocarnos en lo más alto o arrojarnos al peor escenario posible.

“(1) En el año tercero del reinado de Joacim rey de Judá, vino Nabucodonosor rey de Babilonia a Jerusalén, y la sitió.  (2)  Y el Señor entregó en sus manos a Joacim rey de Judá, y parte de los utensilios de la casa de Dios; y los trajo a tierra de Sinar, a la casa de su dios, y colocó los utensilios en la casa del tesoro de su dios.” (Daniel 1:1-2)

Si bien, como veremos en el próximo capítulo, es Dios quien “pone y quita reyes”, también es muy cierto que tenemos los líderes que nos merecemos. Los dos elementos que se destacan en la introducción del libro nos llevan a la adoración, la obediencia y los resultados: si bien el pasaje presenta que “el Señor entregó” al pueblo hebreo, no fue por voluntad de un Dios tiránico sino por la falta de fidelidad que su pueblo le rindió según las condiciones que ellos mismos aceptaron en Deuteronomio 28.

“(1) He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír;  (2)  pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír.” (Isaías 59:1-2)

Por otro lado, el libro de Daniel da cátedra en cuanto al accionar del imperio Babilónico. Todo lo que tomaban de carácter religioso, sagrado, dedicado al Señor, automáticamente lo ponían a disposición de “su dios”. Si prestan atención, esta frase la repite dos veces en el versículo 2. Si bien la historia y la Biblia registra que Babilonia no existiría más como imperio (Jeremías 50:39-40), sus características se perpetuarían a lo largo de la historia para dar forma al sistema que encarna el espíritu del mal, dejado plasmado por el profeta Juan en el libro de Apocalipsis. Una buena recomendación es ir tomando nota de todas estas características, pues la mujer que presenta la profecía de Apocalipsis 17 tiene como nombre “Babilonia”. Por lo tanto, sigamos el sabio consejo de Jesús: “el que lea, entienda”.

El currículum de un hijo de Dios

Al considerar la selección realizada por poder babilónico, podemos notar que nada estaba librado al azar: quienes fueron considerados como dignos del Rey se caracterizaron por ser, en primer lugar “de los hijos de Israel” (Daniel 1:3). Todos los que profesamos creer en Cristo somos parte de ese Israel espiritual (Romanos 2:28, 29). La selección sigue: “del linaje real de los príncipes”. Dice el apóstol Juan, “MIRAD cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1º Juan 3:1), y según esta declaración, debiéramos considerarnos príncipes como hijos del Rey, y así también lo declara el apóstol Pedro al considerarnos “vosotros sois linaje escogido”. Sin embargo, el poder babilónico establece un filtro aún más específico: “muchachos en quienes no hubiese tacha alguna, de buen parecer, enseñados en toda sabiduría, sabios en ciencia y de buen entendimiento, e idóneos para estar en el palacio del rey”. Debemos entender que la Biblia, si bien puede ser útil para todos en cualquier circunstancia de la vida, tiene un mensaje especial y un propósito muy claro. En la actualidad así como en lo pasado, el campo de batalla donde se riñen las peleas más duras sigue siendo en la dura etapa de la juventud. Es por esto que el sabio Salomón nos aconseja por inspiración divina:

“(9) Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios. (10) Quita, pues, de tu corazón el enojo, y aparta de tu carne el mal; porque la adolescencia y la juventud son vanidad.” (Eclesiastés 11:9-10)

ACUÉRDATE de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento;” (Eclesiastés 12:1)

Y su padre, el Rey David, nos recuerda el secreto de la victoria: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra.” (Salmo 119:9)

El Eterno está buscando jóvenes que se comprometan de verdad, que aprendan en las pisadas del Maestro. Y esto por dos motivos: en primer lugar por amor a Dios y a su Hijo, porque Él nos ama. No habría otro motivo más que este, si no fuese porque también tenemos una misión en la tierra, en una batalla la cual estamos involucrados. Nuestro Señor Jesús dijo:

“(16) He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas. (17) Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán; (18) y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles. (19) Más cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. (20) Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros.”

Teniendo en vista tan grandes desafíos, pidamos al Señor discernimiento para vivir día a día aferrados de la mano de Jesús, que sin el espíritu de nuestro Padre Celestial no somos nada. ¿Cuándo seamos llevados ante gobernadores y reyes, calificaremos como Daniel y sus amigos? Con Jesús, ¡claro que sí!

Los tres grandes cambios

El sistema babilónico procuró, como también lo hace ahora, modificar el estilo de vida de estos jóvenes. La misma finalidad que tuvieron los objetos del templo, depararía la suerte de Daniel y los príncipes de Israel: serían especial objeto de culto para “su dios”. Es por eso que Nabucodonosor planifica tres grandes cambios en la vida de estos hijos de Israel: en primer lugar, debían aprender la lengua y las letras de los caldeos. En segundo lugar, adoptar la comida y bebida del Rey como propia. Y por último, aceptar un cambio de identidad en la modificación de sus nombres. Cada paso estaba completamente calculado por el Rey, y su fin, era modificar el sistema de adoración hebreo hacia el verdadero Dios.

“Los nombres de Daniel y sus compañeros fueron cambiados por otros que conmemoraban divinidades caldeas. Los padres hebreos solían dar a sus hijos nombres que tenían gran significado. Con frecuencia expresaban en ellos los rasgos de carácter que deseaban ver desarrollarse en sus hijos. El príncipe encargado de los jóvenes cautivos “puso a Daniel, Beltsasar; y a Ananías, Sadrach; y a Misael, Mesach; y a Azarías, Abednego.”[1]

Existen muchas interpretaciones en cuanto al significado de los nombres babilónicos dados a los jóvenes hebreos, pero todos tienen un fin común: en palabras de Nabucodonosor sobre Daniel, “cuyo nombre es Beltsasar, como el nombre de mi dios” (Daniel 4:8).

“El rey no obligó a los jóvenes hebreos a que renunciasen a su fe para hacerse idólatras, sino que esperaba obtener esto gradualmente. Dándoles nombres que expresaban sentimientos de idolatría, poniéndolos en trato íntimo con costumbres idólatras y bajo la influencia de ritos seductores del culto pagano, esperaba inducirlos a renunciar a la religión de su nación, y a participar en el culto babilónico. “[2]

Adolf Hitler dijo: “Sólo la repetición constante puede lograr finalmente que una idea quede grabada en la memoria de las masas.” Ciertamente el nombre es, de todas las menciones que uno realiza a diario, la que más repetimos para poder entablar un dialogo. ¿Cómo se habrá sentido Daniel, cuyo nombre significa “Dios es mi Juez”, al cambiarle la identidad y referirlo como “Bel, protege su vida”? Con el tiempo, Daniel podría haber llegado a dudar de la existencia de su Dios, cuestionando la existencia de algún dios, olvidando la razón de su vida. Pero ni el cambio de cultura, de lengua, ni de nombre fue un impedimento para adorar al verdadero Dios. Y existe un secreto para que, ni la cultura, ni el idioma, ni el cambio de identidad puedan afectarnos en nuestra adoración.

El secreto para estar diez veces más saludable

“(8) Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse.  (9)  Y puso Dios a Daniel en gracia y en buena voluntad con el jefe de los eunucos” (Daniel 1:8-9)

La gran victoria de Daniel, la obtuvo en el dominio del apetito. Esta pelea fue la que perdió Adán en el Jardín del Edén, y fue una pelea que ganó nuestro Señor Jesucristo en el desierto de la tentación: la alimentación. Si dominamos nuestros apetitos, podemos estar seguros que nuestras mentes estarán dispuestas para atender al llamado del Señor.

¿Cuál fue la decisión que tomó Daniel? No contaminarse con la bebida ni la comida del Rey. Primeramente, porque todo estaba dedicado al culto pagano. En segundo lugar, para poder discernir lo santo de lo profano.

“(8) Y Jehová habló a Aarón, diciendo: (9)  Tú, y tus hijos contigo, no beberéis vino ni sidra cuando entréis en el tabernáculo de reunión, para que no muráis; estatuto perpetuo será para vuestras generaciones,  (10)  para poder discernir entre lo santo y lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio,  (11)  y para enseñar a los hijos de Israel todos los estatutos que Jehová les ha dicho por medio de Moisés.” (Levítico 10:8-11)

Ni la cultura, ni el cambio de identidad podían haberle jugado una mala pasada a los jóvenes hebreos, de no haber dispuesto su corazón en obedecer a Dios. Por el dominio del apetito, estos jóvenes tuvieron discernimiento entre lo santo y lo profano, logrando un testimonio poderoso en toda Babilonia. La elección de Daniel, “nos den legumbres/verduras a comer, y agua a beber” por 10 días (Daniel 1:12) tenía su fundamento en la Escritura: la alimentación que el Creador preparó con amor para Adán y Eva.

“(29) Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.  (30)  Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así.” (Génesis 1:29-30)

La palabra que se utilizó para “legumbres” en Daniel 1:12 proviene del hebreo זֵרֹעַ zeróa que significa “algo sembrado (solo en plural), i.e. legumbre, hortaliza (como alimento):- legumbre, hortaliza.” Fue un régimen vegetariano lo que mantuvo la mente dispuesta de Daniel para atender los mandatos del Señor en una cultura tan distinta a la que él conocía.

Un ideal alcanzable

Al repasar la vida de Daniel, encontramos un joven que anduvo en los caminos del Señor con integridad, y nos preguntaremos: ¿cómo podré alcanzar un ideal así? ¿Te interesa tener una experiencia duradera en el Señor? Leamos juntos este pensamiento:

“Muchos dicen: “¿Cómo me entregaré a Dios?” Deseáis hacer su voluntad, más sois moralmente débiles, esclavos de la duda y dominados por los hábitos de vuestra vida de pecado. Vuestras promesas y resoluciones son tan frágiles como telarañas. No podéis gobernar vuestros pensamientos, impulsos y afectos. El conocimiento de vuestras promesas no cumplidas y de vuestros votos quebrantados debilita la confianza que tuvisteis en vuestra propia sinceridad, y os induce a sentir que Dios no puede aceptaros; mas no necesitáis desesperar. Lo que debéis entender es la verdadera fuerza de la voluntad. Esta es el poder gobernante en la naturaleza del hombre, la facultad de decidir o escoger. Todo depende de la correcta acción de la voluntad. Dios dio a los hombres el poder de elegir; a ellos les toca ejercerlo. No podéis cambiar vuestro corazón, ni dar por vosotros mismos sus afectos a Dios; pero podéis escoger servirle. Podéis darle vuestra voluntad, para que El obre en vosotros tanto el querer como el hacer, según su voluntad. De ese modo vuestra naturaleza entera estará bajo el dominio del Espíritu de Cristo, vuestros afectos se concentrarán en El y vuestros pensamientos se pondrán en armonía con El.”[3]

El secreto de nuestra victoria no reside en lo que hagamos o dejemos de hacer, sino en el poder de elegir. De esto depende todo. “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más.” (Isaías 45:22) ¿Cuán difícil puede ser “mirar”? “Príncipes de Sodoma, oíd la palabra de Jehová; escuchad la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra. ” (Isaías 1:10) ¿Cuánto nos puede costar el hecho de “oír”, de “escuchar” lo que Dios tiene que decirnos? Simplemente, nada. Y es por esto que nos cuesta tanto. Hay algo en nuestra naturaleza que no entiende el plan de Dios para nuestras vidas. Él desea actuar en nosotros, solamente desea que le abramos la puerta de nuestro corazón y proponernos poner nuestro corazón para “escuchar” su ley, para “oír” sus mandamientos, para “mirarlo” a Él y aprender. Muchos están esperando cambiar para ser cristianos, cuando lo que debieran decidir es ser cristianos ahora.

La historia de Daniel es la llave para conocer el panorama profético que el Señor tiene preparado. El testimonio de Daniel al elegir el camino correcto trajo consigo la manifestación de la Palabra de Dios en su vida, obteniendo “entendimiento en toda visión y sueños”. Por supuesto, esta serie continuará, y deseamos que tomes en esta hora una decisión correcta. Pedile a Dios que te enseñe hoy, a serle fiel y obediente, a vivir cada día de la mano de Jesús.

“(11) Porque este mandamiento que yo te ordeno hoy no es demasiado difícil para ti, ni está lejos. (12) No está en el cielo, para que digas: ¿Quién subirá por nosotros al cielo, y nos lo traerá y nos lo hará oír para que lo cumplamos? (13) Ni está al otro lado del mar, para que digas: ¿Quién pasará por nosotros el mar, para que nos lo traiga y nos lo haga oír, a fin de que lo cumplamos? (14) Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas.” (Deuteronomio 30:11-14)

 

[1] WHITE, Elena G.; Profetas y Reyes, p.352

[2] WHITE, Elena G.; Profetas y Reyes, p.352

[3] WHITE, Elena G.; El Camino a Cristo, pp.47-48

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