Serie Pensamiento Adventista

¿Cómo consideraremos a Cristo? – E.J. Waggoner

consideraremos

Publicado por:
E. J. Waggoner

Extracto del libro: “Cristo y su Justicia” (1890)

INTRODUCCIÓN

En el primer versículo del tercer capítulo de Hebreos leemos una exhortación que comprende todo mandato dado al cristiano. Es ésta: “Por lo tanto, hermanos santos, participantes del llamado celestial, considerad al Apóstol y Sumo Sacerdote de la fe que profesamos, a Jesús.” Hacer esto tal como indica la Biblia, considerar a Cristo continua e inteligentemente tal como él es, lo transformará a uno en un Cristiano perfecto, puesto que “contemplando somos transformados”.

Los ministros del Evangelio tienen una autorización inspirada para mantener el tema –Cristo– continuamente ante las personas, y dirigir su atención solamente a él. Pablo dijo a los Corintios: “Me propuse no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste crucificado” (1º Corintios 2:2), y no hay razón para suponer que esta predicación a los corintios fuese en algún respecto diferente de su predicación a otros. En efecto, afirma que cuando Dios reveló a su Hijo en él, fue para que lo predicara entre los gentiles (Gálatas 1:15 y 16); y su gozo consistió en que se le confiriese la gracia de “anunciar entre los gentiles la insondable riqueza de Cristo” (Efesios 3:8).

Pero el hecho de que los apóstoles hicieran de Cristo el centro de toda su predicación no es nuestra única razón para magnificarlo. Su Nombre es el único nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos (Hechos 4:12). Cristo mismo declaró que ningún hombre puede venir al Padre sino por él (Juan 14:6). Dijo a Nicodemo: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo el que crea en él, tenga vida eterna” (Juan 3:14 y 15). Este “levantar” a Jesús, si bien hace referencia primariamente a su crucifixión, abarca más que el mero hecho histórico; significa que Cristo debe ser “levantado” por todos los que crean en él como el Redentor crucificado, cuya gracia y gloria son capaces de suplir toda necesidad humana. Significa que debe ser “levantado” en toda su inmensa hermosura y poder como “Dios con nosotros,” para que su atractivo divino pueda entonces llevarnos a él (ver Juan 12:32).

La exhortación a considerar a Jesús, y también la razón para ello, se nos dan en Hebreos 12:1-3: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, dejemos todo lo que estorba, y el pecado que tan fácilmente nos enreda, y corramos con perseverancia la carrera que nos es propuesta, fijos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe, quien en vista del gozo que le esperaba, sufrió la cruz, menospreció la vergüenza, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad, pues a aquel que sufrió tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os fatiguéis en vuestro ánimo hasta desmayar”. Es sólo contemplando a Jesús constantemente y en oración, tal cual está revelado en la Biblia, como no nos fatigaremos de hacer el bien, y no desmayaremos en el camino.

Debiéramos considerar a Jesús, porque en él “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Colosenses 2:3). A quien le falte sabiduría, se le invita a pedirla de Dios, quien la da a todos los hombres generosamente y sin escatimar, y la promesa es que se le dará; pero sólo en Cristo es posible obtener la deseada sabiduría. La sabiduría que no procede de Cristo y que por consecuencia no lleva a él, no es más que necedad; porque Dios, como la Fuente de todas las cosas, es el Autor de la sabiduría; la ignorancia sobre Dios es la peor clase de necedad (ver Romanos 1:21 y 22); y todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento están escondidos en Cristo; así que, quien tiene solamente la sabiduría de este mundo, en realidad no sabe nada. Y puesto que todo el poder en el cielo y en la tierra es dado a Cristo, el apóstol Pablo declara de Cristo que es “el poder de Dios, y la sabiduría de Dios” (1º Corintios 1:24).

Hay un texto, sin embargo, que resume brevemente todo lo que Cristo es para el hombre, y provee la razón más abarcante para considerarlo. Es este: “De él viene que vosotros estéis en Cristo Jesús, quien nos fue hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1º Corintios 1:30). Nosotros somos ignorantes, malos y estamos perdidos; Cristo es para nosotros sabiduría, justificación y redención. ¡Qué cambio! De la ignorancia y el pecado a la justificación y la redención. La aspiración o necesidad más elevada del hombre no pueden abarcar más de lo que Cristo –y sólo Cristo- es para nosotros. Esta es una razón suficiente por la que los ojos de todos debieran estar fijos en él.

¿CÓMO CONSIDERAREMOS A CRISTO?

¿Cómo debiéramos considerar a Cristo? Tal y como él se reveló a sí mismo al mundo; de acuerdo al testimonio que él dio concerniente a sí mismo. En ese maravilloso discurso registrado en el quinto capítulo de Juan, Jesús dijo: “Porque como el Padre resucita a los muertos, y les da vida; así también el Hijo da vida a los que quiere. Además, el Padre a nadie juzga, sino que confió todo el juicio al Hijo; para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió” (versículos 21-23).

A Cristo se le encomienda la más alta prerrogativa, la de juzgar. Ha de recibir el mismo honor que se le debe a Dios, y por la razón de que es Dios. El discípulo amado da este testimonio: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1). El versículo 14 aclara que el Verbo divino no es otro que Jesucristo: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre”.

El Verbo existía “en el principio”. La mente del hombre no puede abarcar las edades que están comprendidas en esa expresión. No le es dado al ser humano el saber cuándo o cómo llegó a ser el Hijo “unigénito”; pero sabemos que era el Verbo divino, no únicamente antes de que viniera a este mundo a morir, sino incluso antes de que el mundo fuera creado. Momentos antes de su crucifixión, oró: “Ahora Padre, glorifícame a tu lado con la gloria que tuve junto a ti antes que el mundo fuera creado”. (Juan 17:5). Y más de setecientos años antes de su primer advenimiento, su venida fue predicha por la palabra inspirada: “Pero tú Belén Efrata, pequeña entre los millares de Judá, de ti saldrá el que será Señor en Israel. Sus orígenes son desde el principio, desde los días de la eternidad” (Miqueas 5:2). Sabemos que Cristo “de Dios ha salido, y ha venido” (Juan 8:42), pero fue tan atrás en las edades de la eternidad como para estar más allá del alcance de la mente del hombre.

 

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